Donde manda capitán...

Sería imposible no acordarse hoy de las celebraciones que nos regalaron a quienes tuvimos la oportunidad de vivir muy de cerca el Mundial de México 70 cuando aun éramos unos niños soñadores de fútbol que muchas veces priorizamos el balón sobre los textos. Cómo no acordarnos de la demencial carrera de Jairzinho marcado con su numero 7 hacia la banda derecha para allí empezar a edificar la famosa pirámide humana que eternizó aquel Brasil de ensueño comandado por Pelé.

Eran celebraciones clásicas, pero emotivas que nos erizaban la piel y nos transportaban en los sueños. El grito de gol en la radio, las frases inolvidables de quienes luego en la Universidad fueron nuestros maestros comunicadores, el éxtasis de la tribuna, el abrazo espontáneo con el vecino de grada y la mirada fija en el hombre gol que corría eludiendo a los suyos para dedicarlo a la enloquecida tribuna. Allí nadie se sacaba la camiseta, ni exhibía avisos comerciales o mensajes familiares, las vírgenes y los santos aun no hacían parte de la parafernalia futbolera. Fueron otras épocas que se fueron con sus propias costumbres, pero la llegada de la televisión en vivo cambio esas costumbres y el vehículo publicitario ideal se puso a las ordenes del espectáculo.

El milagro de la comunicación y la magia de llegar en vivo a cualquier lugar del planeta en algunos casos se mal interpretó y algunos excéntricos y otros abusadores contaminaron las celebraciones con tantos mamarrachos que la FIFA optó por legislar sobre el tema aun con el riesgo de cruzar delicados umbrales en donde de por medio estaba la política, la religión y hasta la familia.

No sé aun si para bien o para mal, pero ya nos habíamos acostumbrado a leer mensajes con bellos sentimientos familiares en las camisas interiores de los futbolistas, o alusiones religiosas como la de Brasil en la final de Yokohama que provocó la reacción del mundo musulmán, o mirar como el supertalentoso Landon Donovan de los Estados Unidos siempre corría con su camisa en la mano como izando su bandera del gol después de una anotación, o ver al Pescadito Ruiz con mensajes chapines en su franela interior o simplemente ver como muchos futbolistas lejos de su patria, aprovechando la televisión, expresaban sus afectos después de un gol con una leyenda emotiva dedicada al lejano abuelo que le consintió su infancia.

Todo ello se fue con la norma de FIFA y a más de uno le ha costado acostumbrarse a tal extremo que las tarjetas amarillas por esa razón suben en número y en estadística. Pero como en todo lo controvertido, tenía que haberlo visto el jefe. Y el Día D llegó el pasado domingo en Inglaterra cuando el presidente de FIFA Joseph Blatter acompañado de su Vicepresidente David Will vieron como era expulsado el jugador australiano del Everton, Tim Cahill por haberse despojado de su camiseta en la emoción del único gol con que su equipo le ganó al Manchester City. Es sano advertir que Cahill había sido previamente amonestado. Blatter no aguantó y comentó literalmente que no estaba de acuerdo con el árbitro.

Debió vivirlo en carne propia el zar del fútbol y ahora mismo en FIFA se gestiona ante el Board la revisión de la norma y es muy posible que en pocos meses no se sancione más al jugador que se quite su camisa para celebrar el gol. A los ortodoxos quizá no les guste el reverso de FIFA, pero debemos convenir que cuesta mucho trabajo aceptar un reglamento para las emociones.

Si la norma varía debiese llevar como en el caso de la Ley Bosman, el apellido del autor y se debería llamar la Ley Cahill en honor al expulsado que provoco la reacción de Blatter. Apellidos que se ponen en la historia gracias al más grande y popular de todos los deportes.

Ricardo Mayorga es el primer comentarista de las cadenas Univision y Telefutura en Estados Unidos además de periodista sindicado de radio y columnista de periódicos como Triunfo en Atlanta, El Tiempo Latino de Washington y HOY en Nueva York, Chicago y Los Angeles.


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