Cuidado con los malos

Es época de balances y reflexiones en un mundo futbolístico globalizado y mediático que no permite nada escondido al ojo del aficionado y menos a la escrutadora mirada del cronista. Por ello hoy más que nunca caemos en lugares comunes y repetidos como a gritos pedir que cese la violencia en los estadios y que el sano programa de ir al fútbol vuelva a ser como antaño cuando nuestros padres, sin temores, de la mano nos llevaron al estadio y allí aprendimos a sentir esto de lo que hoy hablamos, escribimos y vivimos.

Es triste ver como se repiten las escenas de violencia y de terror y como los del bando de los malos quieren o pretenden seguir usando el popular vehículo del fútbol para llamar la atención y para crear pánico. Lo vivimos el pasado domingo en España con el episodio angustioso que se vivió en el Bernabéu al final del juego del Madrid. Increíble. Una amenaza de bomba en el estadio de fútbol más emblemático del mundo. Sí. Increíble, pero cierto y esas imágenes recorren el mundo en la sección que los noticieros dedican a temas policiales y en espacios hoy más dedicados al crudo fenómeno del terrorismo.

Tendremos siempre las mismas inquietudes y quizá jamás nos cansemos de reclamar ante los hechos aunque parece que las palabras no alcanzan y seguiremos impotentes ante las estratagemas de la maldad. Qué hacer ante ello. Aplicar medidas de seguridad que convertirían los estadios en las nuevas versiones de los aeropuertos del mundo a donde ahora hay que llegar el día antes para tomar un vuelo doméstico y aparte de ello resignarnos a un pasillo nudista en donde nos esculcan hasta el alma.

Como van las cosas ir al fútbol será parecido por culpa de los desadaptados y de los inconformes que piensan cambiar la mitad del mundo asustando a la otra mitad, pero cuidado que la gran empresa que es el fútbol también tiene su parte de culpa por andarse a toda hora poniendo el vestido de la arrogancia quizá sin darse cuenta que está pisando los callos dolorosos de un mundo cada vez más pobre y necesitado. Por eso tal vez todos somos un poco culpables por no decir la verdad. Y es normal. Acaso quien le quiere decir la verdad a un negocio lleno de prosperidad y con ella correr el riesgo de quedar por fuera de un delicioso pastel de opulencia en donde día a día transitan los millones.

El fútbol es un producto diario de la canasta familiar en el planeta que mueve cifras astronómicas detrás de las cuales corremos todos con los cuchillos afilados y en esa vorágine estamos generando todo tipo de reacciones sociales que se aprovechan muy bien desde el vestuario de los violentos. Cuidado porque quizá nosotros mismos estamos lentamente creando al monstruo.

No le podemos pedir a la civilización y a la economía que se detengan. No. Pero igual tampoco marquemos tanto la diferencia porque es ahí en donde los malos entran a jugar su partido preferido y con la táctica a su favor. Siempre por naturaleza estaremos del lado de los débiles y la habilidad mediática de la maldad hoy pretende jugar a Robin Hood utilizando el fútbol. Amenazas en Europa, cantos racistas en los estadios, secuestros en Argentina, árbitros amenazados en cualquier parte, operativos especiales, comandos cerca de los estadios o dentro de ellos todo porque la maldad campea y nos utiliza apoyada en el verso gastado de la desigualdad.

Confieso a esta altura que de niño cuando empecé a amar este deporte y luego cuando crecí como periodista jamás me imagine este escenario.

Ricardo Mayorga es el primer comentarista de las cadenas Univision y Telefutura en Estados Unidos además de periodista sindicado de radio y columnista de periódicos como Triunfo en Atlanta, El Tiempo Latino de Washington y HOY en Nueva York, Chicago y Los Angeles.


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